De jabones y epidemias, o cómo fue que una barra de jabón permitió la repoblación de Europa.

Hasta antes del siglo XIX el jabón para higiene personal era un artículo de absoluto lujo. Su fabricación y venta era una concesión que solo las monarquías asignaban. No cualquiera podía producir jabón. Mucho menos, lavarse con él.

A finales del XVIII desaparecieron los monopolios reales, entre otros el de la producción jabonera, y es que las revoluciones, en particular la francesa, hicieron rodar algunas coronas, con todo y sus correspondientes cabezas.

En ese tiempo el químico Nicolás Leblanc había encontrado un proceso para sustituir las cenizas de madera, materia prima costosa y restringida, con su invento: la sosa cáustica. El álcali, ideal para saponificar, se podía producir a bajo costo y el jabón pudo socializarse y estar al alcance de toda la gente.

El jabón, y su repercusión en la asepsia, disminuyó las causas de la mortalidad al reducir, en gran medida, la transmisión de gérmenes patógenos, y durante el siglo XIX la población en Europa, bastante diezmada ya por las epidemias, se triplicó, y la esperanza de vida dió un salto adelante de dos décadas. Si antes del jabón morías aproximadamente a los 30 años, después del jabón, tenías, como mínimo, la esperanza de vivir hasta los 50.

Nunca subestimes el poder protector de una buena barra de jabón.

Encuentra nuestra hermosa selección de jabones naturales fórmulados con distintos ingredientes naturales para todo tipo de pieles.

Deja tu comentario

Todos los comentarios son moderados antes de ser publicados