Salir del clóset de los modelos de belleza

by @pelayomakeup

Hola queridas. Quizá muchas de ustedes no me conozcan, o no saben que me conocen. Durante varios años tuve le privilegio de trabajar con Ana en la construcción de Ana Blanco desde etapas muy iniciales. Si eres clienta fiel de esta marca y estás leyendo esta entrada, es muy probable que haya sido yo quien te envió alguno de tus pedidos hasta tu hogar. 

A propósito de un aniversario más del Día Internacional de la Diversidad Sexual, y ante la necesidad de manifestarnos en el mundo digital debido a que, por las restricciones derivadas de COVID-19 este año no habrá desfile en las calles, Ana me abrió este espacio en el blog para contarles una historia. Tiene que ver con la belleza, tiene que ver con autocuidado. 

Cuando yo tenía 12 años no podía mirarme al espejo. La imagen que percibía de mi me parecía repulsiva, le huía a cualquier reflejo, foto y comentario sobre mi imagen, aspecto o apariencia. Tenía sobrepeso y, en retrospectiva, sé que también mi homosexualidad reprimida jugaba parte importante en rechazar mi imagen, en creerme feo, apestado, desahuciado. En la secundaria no podía tener el cabello largo por las reglas absurdas de la escuela. Nunca me hizo sentido, pero tuve que seguir ese parámetro social por la fuerza, para terminar mis estudios en esa institución, para pertenecer. 

Más tarde, a los 18 años, salí del seno familiar, me fui a vivir a otra ciudad, a otro estado, puse tierra de por medio entre mi vida previa de reglas sin sentido, costumbres anquilosadas y sobretodo tradiciones que atentan contra la salud y el bienestar de uno mismo. Me divorcié de mi familia ultraconservadora (y más que nada ignorante) y comencé a descubrirme (a aceptarme) disidente sexual, por fin pude mirar hacia adentro y ver de qué estoy hecho. 

Descubrí la belleza como ritual con mi primer ración de amor propio. Había interiorizado que los enemigos de la belleza eran el tiempo, la opinión de los otros, los estándares plásticos y rígidos de la cosmética inhumana irreal, que están permanentemente fingiendo, tapando, mintiendo, como yo en el clóset. Con el tiempo y con las ganas de querer hacer siempre las cosas mejor llegué a un sitio fuera de este mundo capitalista, patriarcal, heteronormado y violento en el que me fue posible aprender a darme y aceptarme un abrazo auto recetado, conectar con la ternura hacia mi mismo en lugar de la vergüenza y el odio. Realmente fue una revelación y fue mágico. No es raro que este lugar onírico oliera a feminidad, a madre tierra. Y ya no fue sólo uno sino que una buena decisión te lleva a otra, una gran amiga te presenta a la siguiente. 

Aprendí a darme caricias, a pedir un masaje sin sentir la pena o “cosquillas” , aprendí a ir al médico como ritual de prevención, aprendí de resiliencia... Por primera vez desde el trauma del espejo usaba mis ojos para cuidarme, para observar mi bienestar. ¿qué hace mi cara cuando sonrío? ¿a qué huele mi piel?¿qué forma tienen mis manos y cuánto las uso en las tareas diarias? ¿qué necesidades de atención y cuidado me pide mi cuerpo? 

Ya en esa nueva ciudad, que hice mi hogar, me preparé como maquillista profesional. Y de nueva cuenta me me encontré con un mundo de apariencias, un negocio que se trata de borrar la personalidad de mi clienta, esconderle la cara, la piel, detrás de capas de maquillaje. Una vez que se logra un lienzo limpio, “perfecto”, ya se podía iniciar la reconstrucción, ya podía copiar el modelo de belleza y estampárselo en la cara, convertirla en maniquí de revista o pasarela. Otra vuelta a las reglas ilógicas. ¿quién dice que ese es el modelo de belleza? ¿por qué todas mis clientas tienen que salir de mi estudio luciendo exactamente igual? ¿y su personalidad? 

Aprendí a maquillar, aprendí el arte de hacerlo y empecé a romper las reglas. Usé mis conocimientos de cosméticos como herramienta para crear, en conjunto con mis clientas, una versión resaltada de sí mismas. No se trata de borrar todo y calcar el prototipo aceptable. No. Para mi se trata de resaltar esos aspectos que te hacen sentir orgullosa/o de ti misma/o, enfocar la mirada de los demás en tus seguridades y no más. 

Mi piel y la de mis clientas me han llevado a esta máxima: el primer paso para lograr un maquillaje perfecto es una piel sana, hidratada. Aprendí de la resiliencia de la piel. Tuve que incorporar los productos de Ana Blanco en mi kit de maquillaje, no había manera de no hacerlo. Mis clientas salían soñadas con su piel feliz. Y yo contento de saber el origen de esos productos, la naturaleza de sus ingredientes. 

Mi invitación con toda esta historia es a vivirnos de formas amorosas y conscientes. Es válido apapacharnos, podemos darnos caricias y procurar el autocuidado. Aprovechemos el mes de la diversidad sexual para salir del clóset de los modelos de belleza, ese aparato económico que explota nuestras inseguridades y miedos, que depende de ello para seguir a flote. Siendo disidente sexual, puedo decirles con certeza que cada persona tiene sus propios clóset, esas situaciones, secretos inconfesables de los que es difícil salir, que de primera vista parecieran ilógicos, que nos diferencían del resto y por tanto nos vulneran. Pero en esta lógica amorosa y consciente adquieren una nueva lectura. No seguir los estándares de belleza establecidos porque no nos acomodan, porque no queremos sentirnos inseguras, porque nuestra piel no necesita sintéticos para funcionar y protegernos, es una forma de salir del clóset, es tomar las riendas del autocuidado en nuestras manos, es... vivirnos orgullosamente diferentes

Si tienes alguna reflexión o comentario derivado de este contenido, puedes escribirme en IG en @pelayomakeup 

Un saludo, nos leemos. 

Jesús Pelayo.

@pelayomakeup

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