Ecología de la piel. La importancia de lo que no se ve.

La palabra “flora” evoca belleza. Es el término que nos enseñaron cuando aprendimos que en un organismo saludable conviven en armonía una serie de microorganismos que favorecen el equilibrio de sus funciones vitales: la “flora intestinal” es la más conocida. Quizás los científicos querían ahorrarnos el espanto de saber que nuestros habitantes microscópicos no son lindas flores, ni hermosos vegetales, sino bacterias, hongos, virus y microbichos monstruosos pero en general benéficos e indispensables.

Hasta donde sabemos, mientras estamos en el útero, tenemos una piel relativamente estéril. Apenas asomamos nuestras cabecitas redondas al mundo, nuestra piel es colonizada por montones de microorganismos, que se vienen a vivir a la epidermis, particularmente al estrato córneo. Comienza la interacción, y se desarrolla nuestra firma genética especial: nuestro microbioma. Más de un millón de microorganismos de al menos 100 especies distintas colonizan cada centímetro cuadrado de nuestra piel. 

Conocer estos conceptos permite entender a nuestra piel como un primer frente de defensa de nuestro sistema inmunológico. No sólo es una deliciosa envoltura. Se ha comprobado que el microbioma de la piel influye y modula la respuesta inmune. Eso significa que variaciones en el microbioma pueden derivar en problemas complejos que entran en el campo de la medicina (eczemas, psoriasis, rosáceas...) Pero su desequilibrio también afecta la capacidad de la piel de cumplir adecuadamente sus funciones, por ejemplo: la integridad de la barrera epidérmica.

Detalle microscópico de la piel

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